30 mayo, 2016

Contraste

Es un obús el que entra arrasando, aunque herida, penetra como una guadaña un haz de luminosidad aligerando la sombra. La luna, modelando el estudio en un claroscuro que lo engulle, exterior infinito atraviesa el tamiz enmarcado, como a través de un embudo para desmenuzar la ambigüedad conquistada por los sucios rescoldos de una lumbre olvidada. Unos restos de negro carbón, salpicados de frágiles cenizas. Es intenso. Es monótono como un riachuelo colándose raudo sin sobresaltos, avasallando, arrinconando los encerrados tonos ciegos. Disfraza las telarañas y parches de tercera mano de las molduras adheridas al ventanal, de brillos y reflejos.
Las gotas de lluvia agarradas al cristal, acelerando su gravedad entre las grietas dispuestas al azar, lo difuminan impredecibles. Sus pinceladas, filtradas por una larga cortina pálida, raída, danzan etéreas en el aire viciado de la habitación.
El viento gélido, sin llamar, diluyó el vaho, se escurre sin dejar rastro poniendo el imperceptible fado del movimiento en el dosel. Atravesando ahora abrigado la distancia, agita sutilmente las cenizas, con un suspiro.
Imágenes, aristas, formas en blanco y negro ensalzadas por los caprichosos destellos y el caos, mimetizan sus desgracias en el contraste. Enfrentada, la pared, que enmarca la chimenea, está tintada por los roces albinos de la luna.
De la vieja piel acartonada cuelgan girones deshilachados de un papel quizás blanco castigado por la dejadez. Un cuadro largo, llena el oasis de su noche, el marco abrazado por un halo negro indefinido de la amalgama del paso del tiempo y del olvido. El artista dividió con un brochazo certero dos sensaciones indeterminadas, ahora sombra y frío.
A su lado, perpendicular, la agrietada puerta que deja escapar flechas de luz a través de ella, llagas, donde las quebradas láminas de translucido barniz desnudan la madera. El pomo sobresale deforme como un muñón en el ajado batiente, combado, en continuo esfuerzo para unir su equivalente, cada día más imposible. Cerrada, descansa manteniendo el equilibrio en el final del compás, cicatriz perfecta en la vieja desnivelada tarima que se estira desafiando perspectivas con sus complicados nudos, sin vínculos, separada, ahora astillada por su abrazo, como fallas esculpiéndose. Lamentándose con sonidos muertos de las pisadas del pasado.
Los muebles adheridos a los extremos liberan el espacio central. Minimalista en la oscuridad. Ocultan su vejez en la penumbra como espectros, triles de antigüedad.
En el centro, imperceptible, fuera de la vista, suspendida desde un rosetón indefinido, una silueta tensada, enigmática de bordes imprecisos en el techo.
Mi cuerpo como una matriz repite cada noche la misma huella en la que la mente no descansa. Engullido por un descuidado jergón deshabito impermeable la vida en un sueño, triste, oscuro, lejano a la realidad. Viviendo una alucinación negra, pegada a mis pupilas, arrastrándose tan despacio que se adueña del último grano de arena que me taladra.
El despertador llega siempre tarde, las horas están vacías y son infinitas. Siempre con el primer índice apuntándome.
Desde mi desvencijada cama, sostenida por un armazón metálico con cicatrices del tiempo mal disimuladas por el sobre espesor de las apiladas capas de pintura, tomo el antiguo pulsador de la luz colgado de la cabecera y lo acarició, dudando. Cuando despierto avivo una nueva pesadilla y la atemperada baquelita es el detonador del galope desbocado, del vacío que me estrangula, del destierro.
Pulsarlo es engendrar el mismo averno cada día. Cauterizar las llagas con ascuas. El pulgar presionando el botón agarrotado, alargando el efecto del resorte. Y lo libero.
Incandescente, un latido entrecortado y como un cuento invertido se hace el alba arrugando cada balbuceante esperanza de infinita tiniebla. Las sabanas cálidas se estiran evitándome, absorbiendo su prestada calidez mientras el colchón expulsa mi forma, estilizando un deforme hueco a mi semejanza que desaparece olvidándose, sin memoria.
La luz, pobre como el futuro y el siguiente, levanta el telón, tiembla como mis labios. Amarillo o quizás ígneo titubeante, con miedo a despertar al silencio. Hasta que mis ojos abren sus parpados con el espectro violento de velocidad infinita que aturde la mezquindad de la noche. Artificial.
Y el escenario muta. No hay sensaciones. Todo es standard sin reproches ni escasez. Toda la penuria se arremolina en mi cabeza. De nuevo el terror arrebata el tiempo al desasosiego.
Muebles atildados, líneas rectas adornadas con fondos infinitos, desmesura abrillantada.
El suelo limpio de divisiones, un espacio vacío de defectos, rutilante. La superficie de un lago en calma, un territorio de reflejos sin fisuras. Paredes que me aplastan en las que nada sobresale. Colores cálidos mofándose de la coloterapia, llenando mi volumen.