19 julio, 2009

El día X



No se cuanto tiempo ha pasado desde que la vi aquí sentada por primera vez… quizás días, semanas o meses. A mi edad, es normal que la memoria se entretenga vagabundeando dentro de los planetas de la senilidad. Pero aún así, prometo no olvidar jamás el olor del perfume que viste su carne, su moño gris peinado en forma de espiral, los ovalados cristales negros…, bajo los que guarda celosamente sus dos esmeraldas empañadas.
Aquí, en mi otra casa, coexisten en un solo día dos visiones del mundo muy distintas. Una, en la que habitan la mayoría: los que se apean, los que suben, los que hablan sin descanso, los que ríen, los que leen, los que hacen que leen. La otra, en la que habita ella: lo ajeno, lo quieto, la cara oculta de la luna.
Yo, Victoriano Rivera Maldonado, me quedé viudo hace veinte años. Estuve felizmente casado con una mujer excepcional, Susana. No tuvimos hijos, nuestro amor no los necesitaba. Fuimos muy felices teniéndonos el uno al otro, en total exclusividad. Y no falto a la verdad confesando que
desde que murió mi compañera, no volví a mirar a ninguna otra mujer con los mismos ojos…, ni siquiera con las mismas ganas. Salvo hasta que llegó “ella” (no sé como se llama pero siempre me ha parecido que Sara es el nombre más apropiado para una diosa). Hoy he dejado en casa, por primera vez, mi corbata y mis calcetines negros.
Cada día la observo desde lejos, a un par de filas de distancia. Y sin descanso la sigo a escondidas con la mirada… Y siempre me quedo con la misma impresión: Es una mujer feliz. La mire desde el ángulo que la mire, su serenidad y su sonrisa parecen no dormir nunca.
Muy a pesar mío, tengo que decir que ni siquiera se ha dado cuenta de que yo, Victoriano Rivera Maldonado, hago a diario este trayecto sólo y exclusivamente por verla, por estar cerca de ella.
Llevamos más de una hora y media de trayecto y mi musa parece no tener intención de ir a ninguna parte. Como cada mañana, la encuentro sentada en la misma fila, en el mismo asiento, con sus gafas negrísimas clavadas, afuera, en lo que las calles deparan. Entonces percibo que mi diosa guarda algún misterio escondido…, ¿o es tan sólo fruto de mi imaginación?
Y una cosa me lleva a la otra…, y como soñar es fácil y gratis, me la imagino desnuda, frágil al mismo tiempo que titánica. Y me pregunto, “qué sabor dejaran sus besos sobre mi boca”, “qué tacto tendrá la piel de sus pechos marchitos”.
Me armo de valor. Siempre en todo hay un día x. Y hoy es ese día. Voy a salir a escena. No tengo toda la vida. Ella tiene que saber que yo, Victoriano Rivera Maldonado, existo…, y existo, hoy, por ella.
Y acto seguido me siento al lado de mi musa. Entonces, mi corazón parece precipitarse al vacío y corre, y corre, y vuela…
Poco después Sara, da señales de vida…, colocando las yemas de sus dedos sobre mis manos para recorrer, una a una, las profundas imperfecciones que el paso de los años se ha empeñado en esculpir con el cincel del tiempo. No hay palabras, no se oye nada. A esta hora, ella, el conductor de la guagua amarilla de 43 plazas y yo, somos los únicos intrusos, los únicos viajeros. Luego, una gigantesca sonrisa brota de la comisura de sus labios. Mi musa también suspira. Mientras su otra mano busca a tientas un estrecho y ligero bastón de titanio.
Le respondo. Doy un gran salto. Con un beso en sus mejillas color canela le regalo mis perlas de amor.

Texto: Sandra Franco Álvarez
Narración: La Voz Silenciosa