30 julio, 2009

Lee mis labios


Silencio.
Ni una palabra.
No te pienso regalar ni el aliento que transporta mis ideas. Aquí tienes el desprecio silencioso que has comprado con tus gritos. Ahora mis pupilas se dirigen a las tuyas, no me hagas hablar.
Maestro que retuerce mis palabras afilando sus acentos macerados en veneno de tu savia negra. Me enseñaste que un sonido es el hueco que descubre la diana vulnerable de mi ser venido a menos, de esta mente que resurge tras el muro que por fin alzó el silencio.
Te amenaza mi boca erguida que atesora tras sus puertas el clamor del poder mudo que socava tus defensas. Sé que entiendes lo que dice a pesar de su silencio, que prefieres oír gritos que acrediten este duelo tramposo a observar cómo encaja altiva otro golpe pronunciado en tu cruel dialecto.
Se acabó salir herida por querer que me entendieras. Ya no gasto más saliva en discursos coherentes destrozados en tus manos, convertidos en retales de palabras balbucientes tras el filtro de tu oído.
Hoy asisto impasible al último fusilamiento de mi orgullo, mordiéndome la lengua para que te jactes cobarde de pegarme el verbo de gracia.
Dicho está lo que está dicho. Y, a partir de ahora…
Ni una palabra.
Silencio.