26 julio, 2009

Morgana


Azufre. Ojos de sapo, sangre de dragón.
Morgana revuelve su caldero de envidia y poder, se disfraza de dulce ancianita que ofrece su manzana envenenada, de rey victorioso, de niño desvalido.
Abracadabra. Las culebras se retuercen en su alma oscura y clavan sus colmillos ponzoñosos en sus carnes, que se deshilachan clamando por ser eternamente jóvenes.
Corazón de colibrí, hielo estelar, humo de cuerno de macho cabrío requemado, los peores deseos para ti, que tu sufrimiento sea eterno, como mi gloria.
Pata de cabra. Su maleficio se extiende con volutas pestilentes, empapa su cuerpo de reina venida a menos, tiñe sus ojos de oro y sangre.
Que el hielo sea tu prisión, la prisión de mis enemigos, que mi reino no tenga límites… espinas de rosal, cantárida y mandrágora… que la juventud ilumine mi cuerpo para siempre…
-Vamos, vamos, tía Maruxa, deje ya de revolver con las hojas secas, que es la hora de su medicina.
Morgana lo mira airada desde la sima de sus ojos, desde su prisión de carne anciana.
¡Que las babas de mil sapos cubran tu boca, que tus dedos se desmoronen como barro seco, yo lo ordeno, por mi poder!
-Solo un buchito, tía Maruxa… así…
Morgana abre sus terribles fauces de hechicera y traga la pócima, la mirada relampagueando de ira.
Abracadabra…
-Vamos, tía Maruxa, apóyese en mi brazo. Salgamos a dar un paseo por la rosaleda…
Pata de cabra…
Morgana se aferra al brazo del enfermero y da dos pasos vacilantes.
Merlín ha ganado esta batalla- piensa, amarga- pero ella vencerá la guerra.

Texto: Ana Joyanes