02 agosto, 2009

En la lluvia


Culebrea ante mí como una salamandra ciega, plateada y escurridiza, que cambia de dirección para sortear los obstáculos que se le plantan por delante, a un lado, a otro, en sinuoso ziz-zag.
Mis lágrimas se confunden con las gotas de lluvia que resbalan por el parabrisas, los contornos del mundo se difuminan.
Aprieto el acelerador, las curvas se me echan encima, el asfalto, con su piel de reptil me reta a seguir su espinazo retorcido. Las luces de los coches que se cruzan conmigo levantan ráfagas de colores fragmentados que me ciegan más que el llanto; la voz que grita en mi interior por encima de la música de la radio me aturde y sólo quiero correr, atrapar la cabeza de este monstruo huidizo que me marca el camino.
-¿Por qué te has ido?
El volante es liviano entre mis dedos, el pecho me pesa, la carretera no tiene fin. Deprisa, más deprisa, más…
-¿Por qué te has ido sin mí?
Piso el acelerador, seco mis mejillas con el antebrazo. Ya no lloro. Los faros de un tráiler se hacen cada vez mayores, vienen a mi encuentro. Ahora veo con claridad. Por fin, el final del camino, por fin el descanso, sólo la luz.
Pero doy un volantazo y regreso a la oscuridad viscosa e interminable de la carretera, temblando, conteniendo la respiración, olvidando por unos segundos que deseo morir contigo.

Texto: Ana Joyanes