10 junio, 2010

In Paradisum



Sabio con espíritu mesiánico inventa mecanismo que permite a los elevadores ascender a los cielos. Realiza una prueba con primates. Dos mandriles pasan a engrosar, ese mismo día, las filas de los querubines, serafines y demás coristas celestiales. Noticia del invento del enésimo botón se hace pública. Fabricantes de ascensores incorporan de serie el botón del enésimo piso (o botón celeste). En poco tiempo, los cielos se pueblan de paralelepípedos de diversos colores y dimensiones, que atraviesan verticalmente el éter transportando a miles de ciudadanos de fe inquebrantable. Problemas de superpoblación en el Paraíso provocan la queja formal de las autoridades vaticanas en el nombre de Dios. Preocupadas por la posibilidad de despertar la Ira Divina, las autoridades de los países afectados (aquellos cuya población puede permitirse el elevado coste del enésimo botón) prohíben terminantemente el uso del artefacto. Aun así, plataformas ciudadanas exigen su derecho a ascender al Reino de los Cielos, sin escatimar en medios para la consecución de sus fines, incluidos el uso de la violencia o de la música de Fauré. El conflicto civil está servido. Se impone la Ley Marcial en todas las grandes capitales. Fauré es declarado indeseable. La primera noche, algunos contestatarios insisten en emprender el vuelo. Aquí y allá, sobre las grandes capitales, se observa a diversos elevadores alzándose más allá de las azoteas en actitud de franco desafío. Cuando están a punto de alcanzar las nubes, son derribados por misiles tierra-aire disparados por dispositivos antiaéreos. El ascenso a los cielos por esta vía, más tradicional, no resulta un espectáculo agradable y disuade a los últimos díscolos. Los botones celestes son desinstalados. Las fábricas de ascensores entran en crisis. El crecimiento demográfico del Paraíso retorna a sus niveles habituales. El sabio con espíritu mesiánico es defenestrado. Se permite volver a interpretar a Fauré en las grandes capitales, salvo su In Paradisum. Un niño filipino se despierta, aterrado, al sentir, flotando sobre su cama, la presencia de un mandril alado que aporrea una lira, insistiendo en un grito gutural que pretende ser el dulce arrullo de su ángel de la guarda.


Texto: Alexis Ravelo
Ilustración: Marcel Buchelli