11 septiembre, 2009

Avanza septiembre

Septiembre avanza. Me gusta volver a la rutina; mis tareas, mis acciones son monótonas pero no rutinarias. Anoche terminé El Carnaval de Colonia. El triángulo de cuatro ángulos me adelantó lo que podría ser el próximo otoño. Un otoño quizás demasiado edulcorado a la vez que quizás desnudo. Ayer me devolvieron las llaves del apartamento. Fue un intercambio frío similar a una ceremonia de despedida que no es. Quizás debería decidirme pero no quiero tomar más desiciones de las estrictamente necesarias o urgentes. En Lisboa encontré anillos de compromiso de papel. Divertidos. Sería divertido regalarlos a mis hombres para que me los ajustaran al dedo y seguidamente deshacerlos en una ducha compartida. Compromisos de una tarde, de una noche, de no más de dos lunas. Es verano aún y las hojas que han caído son inmaduras. Ni azul ni marrón. Verde. Yo soy el blanco perfecto del gris y del negro. Me abstraigo mientras la perpendicularidad de mi ojo inteligente adivina la gesticulación de mi compañera de despacho hablando por teléfono. Mi ojo tonto mira esta pantalla y lo que hay más allá de la ventana de un edificio en el centro de la ciudad. Cualquiera entre miles de pequeñas ventanas desaprovechadas. Yo sí. Yo sí miro mucho a través de ella. Espero algún efecto, un suicidio desde alguna terraza de las casas residenciales que rodean este pequeño invernadero.
Traslado el registro poético al trabajo. Tienes sus ventajas: un informe sectorial se convierte en una novela más o menos entretenida y no me corrigen. Un grupo para la misión en Estambul debería componerse como mínimo de cuatro empresas. Tres sería desolado y escaso me corrigen. Es posible que todo sea un gran juego. El juego de los oficinistas de los buenos y malos.
Las hojas que piso todavía no crujen.