23 septiembre, 2009

¿Quién me ha robado el mes de abril?


“Pasar una noche abrazado a ti, sólo durmiendo, es todo lo que quiero”. Esta maravillosa mentira me la dijiste en el “Eliván”, pero hubiera sido más justo si la hubieras pronunciado en el bar de al lado. El “Chusco” era un barucho que merecía su nombre, un garito tan pequeño como nuestras pagas, pegajoso como los retretes de la parte de atrás, local del que si, alguna vez, las baldosas hubieran estado limpias, se hubieran parecido a las de una pescadería. El camarero era como el hermano mayor de Sabina: hombre menudo envejecido, con la cara acribillada por las noches sin dormir y el humo denso de los porros, escaso cabello de tanto pensar ¿qué coño hago yo aquí sirviendo a estos adolescentes imberbes? y la voz desgastada de callar lo que realmente le apetecía escupir. Los imberbes le respetábamos porque, a pesar de su edad, se enrollaba estupendamente con nosotros y tenía la mejor colección de vinilos de toda la zona del Tubo. Desde los Rolling, The Queen, Dire Straits, AC/DC, Pink Floid, Springsteen, Clapton, pasando por el producto nacional bruto: Sabina, sobre todo, Krahe, Ramoncín, Miguel Ríos, Leño… Evidentemente, por allí no se perdía ni un solo pijo que se preciara, pero macarras, rockeros, borrachos, putillas, heavies, paletos de pueblo y nosotros siempre empezábamos la marcha en el “Chusco”. El ritual consistía en gastarnos más de la mitad del presupuesto en ponernos en su garito; para cuando salíamos, ya daba igual donde ir, poco quedaba en el bolsillo. Una cerveza para compartir era señal inequívoca de que íbamos cortos de pasta y, el camarero, a veces, nos ponía otra caña al lado a cambio de una sonrisa de la rubia con minifalda. Era de ley dejarnos en el “Chusco” nuestras exiguas pesetas.
Veintitantos años después han cambiado pocas cosas. Tú y yo seguimos juntos, aunque ya no me digas verdades maravillosas, el camarero del “Chusco” sigue siendo camarero ahora en “El Edén”, sigue hablando con nosotros de la buena música de antaño para intentar no oír la mierda del reguetón y se sigue preguntando ¿qué coño hago yo sirviendo a estos cuarentones borrachos?, pero en su pelo abundan las canas, un imberbe DJ no le deja pinchar a Dire Straits ni, mucho menos, a Sabina, ni hace falta ya que nos invite a la segunda cerveza, la rubia le regala una sonrisa igual.