23 septiembre, 2009

Amargura

Como con una pinza sujetaba el cigarrillo entre sus dedos, a la vez que lo contemplaba atentamente, igual que si fuera un diamante. El humo giraba retorciéndose en el aire hasta desvanecerse. También sus pensamientos confusos, que abrazaban su mente, extinguidos por los tragos de güisqui con hielo. Su mirada quemaba al camarero, que se negaba a servirle mas copas y le pedía que se fuese, como si fuera el culpable del infierno en el que se encontraba. Inspeccionado, por los allí presentes, los desafiaba entre insultos y gritos, apenas inteligibles. Nadie se atrevía a enfrentarse al médico del pueblo, sabían que no era mala persona, y mucho estaban allí gracias a él. En el fondo todos sabían que solo necesitaba desahogarse y olvidar, había sido un día muy duro para él. El bar se había convertido en un duelo y todos los que lo apreciaban estaban allí, compartiendo su inmenso dolor. Sin embargo, muchos empezaron a abandonarlo, heridos por la humillación y descalificaciones. Las miradas se cruzaron “¡y tu que miras mentecato! El joven corpulento se levantó sin dejar de mirar al matasanos cincuentón. Tras otro trago de güisqui vomitó fuego en forma de más ofensas contra el joven y su madre. El médico no lo vio venir y cuando quiso darse cuenta estaba rodeado de fuertes brazos: “¡Ya está bien papá, vamos a casa! Ya verás que la próxima temporada volveremos a ascender otra vez”