30 octubre, 2009

Dos balas


Resbala la cerveza por las comisuras entreabiertas que nadie se atreverá a cerrar.
El estampido no lo sorprendió tanto como al resto de comensales. No tuvo tiempo.
¿Quién podía imaginar que alguien le hiciera cara?
El Chino disfrutó del magro, amargo resarcimiento en el silencio de plomo de las respiraciones contenidas.
Yo lo hice, yo… te maté, cabrón… he sido yo…
La segunda bala de su revólver penetró con limpieza en la sien.
Entonces, el silencio fue absoluto.

Texto: Ana Joyanes