28 noviembre, 2009

Adivina, adivina


Me llevaron forzado mi mujer y mi cuñada. Ellas eran las que realmente querían conocer mi futuro, porque a mí me bastaba con vivir al día y que no me faltara nada de lo que ya había conseguido.
Así fue que me presentaron a la adivina que iba a vaticinar mi destino. Era la típica  bruja que con un pañuelo anudado a la cabeza y una bola entre las manos, era capaz de crear una atmósfera oscura y soporífera en la que me sintiera sumergido en sus predicciones y supeditado a los vapores de sus velas y sus inciensos.
Estaba ya sumido en sus ojos en blanco cuando anunció que había contactado con un espíritu que se reía. Que por lo menos estaba de buen humor, pensé y me relajé como la pitonisa me había aconsejado previamente.
Poco duró la tranquilidad, sólo hasta que la señora se puso a hacer movimientos incoordinados y giros violentos y obscenos. Cada vez sus espasmos y contracciones eran más fuertes y bruscos, y cuando la señora se cayó al piso, y comenzó a echar espuma por   la boca, salí por la puerta en busca de ayuda.
Encontré a mi mujer y a la recepcionista; ya era tarde cuando entramos, estaba tiesa como si se hubiera tragado una escoba. Desde luego, por lo que había pasado, las premoniciones sobre mí no eran buenas.