08 noviembre, 2009

La fuente

En el parque, entre las cañas de bambú, hay una fuente donde el agua es lanzada a distintas alturas, las columnas cristalinas se curvan en su cúspide para luego estamparse contra la superficie erizada del estanque. La gente se sienta a su entorno y, aunque hablen, sus voces no se oyen de un banco al otro, por lo que algunos van allí en busca de un poco de soledad en el silencio estridente, otros para dar besos insonoros, y otros simplemente van por estar.
Un hombre ha llegado, se ha sentado bajo la sombra de la pérgola y se ha aflojado la corbata. Sus hombros parecen cargar un pesado lastre, tal vez no debió comprometerse con algo, o ha tenido que renunciar a demasiadas cosas. El golpeteo incesante del agua parece aliviarlo, o habrá podido al fin mirar dentro de si, son miles de gotas las que proyectadas al aire luego caen. Quizá el sonido le recuerde al salto de un arroyo, de esos, cuyo cauce se alborota con las lluvias recién caídas, y donde el agua altanera se deja llevar sin preguntarse el sentido de su huída al mar.
El agua de la fuente sigue palmoteando en el estanque, más que ofrecer aplausos de gloria parece querer romever la sangre de nuestros corazones a un ritmo más líquido. Y cuando se abandona el lugar la arboleda del parque, o los gritos de los niños jugando, cobran un sensación diferente, amplificada.
Unos días después vi aquel hombre en la prensa, fotografiado entre varios, pero sólo él tenía los labios prietos y la mirada viva, conciente, como la de los cronistas o los testigos en los momentos históricos que trascienden. Un atisbo de desesperanza retenía su sonrisa. En cambio los demás hacían poses arrogantes en la tarima, con sus caras relucientes y sus risas de feria.


Texto: Dácil Martín