08 noviembre, 2009

Encuentros

El viento silbaba entre los árboles, se hacía oír desde la cabecera del barranco hasta llegar a nosotras y depositar las hojas secas que íbamos pisando durante el camino. Mientras ella no dejaba de hablar, de contar, y yo me preguntaba por qué las imágenes de sus historias se adelantaban a sus palabras, cuando eran pocos los minutos que habían pasado desde nuestro primer encuentro casual. Era una mujer desconocida para mi, habíamos coincidido a la vuelta de un paseo y, sin embargo, andábamos juntas sin noción del tiempo por aquel hermoso sendero al borde del cauce y que nos llevaba hasta el puente que unía la dos orillas. "Al querer controlarlo todo, me resultó difícil dejarme llevar", me decía. Hablaba gesticulando con sus manos como dos abanicos, a la par lucían también sus pendientes largos de gitana, y nos echábamos a reír. Unos eucaliptos enormes aferrados en la ribera húmeda batían sus ramas como sonajeros. "Lo que te pasa es un indicio, hazlo fluir y verás con otros ojos...", continuaba diciéndome. Luego nos despedimos. Yo crucé el puente y me volví para verla pero había desaparecido tras la curva del camino, y me asusté por seguir entendiéndome con ella sin la necesidad de más palabras.

Texto: Dácil Martín