07 noviembre, 2009

El que peor huele


A veces digo: como a las seis ya estoy despierto, me voy a pescar. Y a veces digo: para ir a pescar uno tiene que levantarse pronto. Pero lo cierto es que elegí este pasatiempo porque era el único que precisaba mi puntualidad y mi compromiso y mi paciencia y mi regularidad. El insomnio reúne esas particularidades también. El mil veces maldito insomnio. Y eso, que se tiene uno que levantar pronto y quedarse parado con la caña echada al río, eso y nada más, es lo único que sé de la pesca. No llevo anzuelo, no sé cómo se lanza el hilo, no sé a qué estoy esperando ni cuándo debería retirarme. Que uno debe madrugar es todo lo que sé, todo lo que necesito saber. Cuando se hace de día, me paso por el mercado a primera hora y compro un pescado, el más grande, el que mejor color tiene, el que peor huele. Y, antes de que todos se despierten, lo pongo sobre la mesa. Se queda ahí reposando, repartiendo justamente su apestoso olor por toda la cocina. Lo más hermoso del asunto es que, aunque todos en casa saben de mi estupidez, nadie me dice nunca nada.

Narración: La Voz Silenciosa