22 noviembre, 2009

Peces


Para morir de nuevo solo es necesario subir setenta y dos peldaños hacia el sol y bajarlas con premura, de dos en dos, de tres en tres, para olvidar la agonía de las palabras con traje de tul.
Tal vez la culpa fue de los puentes colgantes que no aprendí a cruzar en las tardes doradas de septiembre; ¡y cómo no! de esta jaula con peces de colores simulando cuerpos mutilados de mujer.
Todos ellos, trepan por mis pies desnudos, erizando la piel con sus escamas, tropezando entre sí e inundando la habitación con viscosa luz de luna decreciente.
Ignoro el mensaje que encierra el delirante vaivén de sus miembros rotos.
Solo dos de esos cuerpos permanecen quietos, escrutándome desde el lado impertinente de una cama sin dosel.
Cuatro ojos vidriosos a punto de estallar en mil pedazos.
Y en la quietud que los distingue puedo contemplar el por qué de sus lamentos.
-No importa, me digo. No son más que el sonido roto de un arpegio creado para las sirenas desahuciadas que enmudecieron río abajo.
Son los mismos ojos que esta noche tomarán París con sombrero negro y un libro bajo el brazo.
-¡Qué bien!-, susurro- Tomar París sin resistencia.