23 diciembre, 2009

El Huracán

Todas las Navidades a mi padre se le llenaba la boca con la palabra tradición. Ese término incluía todas las cosas que merecían tenerse en cuenta en la vida y las únicas por las que valía la pena luchar. Solía pronunciarla con cierto tonillo irónico, pues quería restituir el término al lugar que le pertenecía y rescatarlo del bando de la sociedad conservadora, sector que se había apropiado también de la bandera y de los símbolos nacionales. La familia, el trabajo, los amigos y los altos ideales como la ecuanimidad o la coherencia eran valores que le hacían seguir levantándose cada día por la mañana y le provocaban paz, la paz necesaria para poder ser un hombre digno. Su vida estaba establecida en un equilibrio perfecto en el que podía desarrollarse como persona y madurar como un ser humano completo.
Eso decía él que nunca fue un hombre ordenado, pero que realmente necesitaba una rutina diaria para mantener una armonía aunque sólo fuera alrededor de su despacho. Le gustaba desayunar tostadas y miel mientras leía el periódico, necesitaba comer a las horas en punto para regular su intestino y tomar un té después, y nunca se perdía sus paseos, decía que le ayudaban a aclarar la mente antes de ponerse a preparar las clases o a corregir los exámenes. Durante los inviernos no salía de la ciudad, pero en verano aprovechaba las vacaciones que le brindaba su puesto en la universidad y se iba a la playa con mamá al apartamento de Tarragona. Allí disfrutaba del olor a sal y se inspiraba para escribir sus libros de ensayo y filosofía.Le quedaban algunos años para jubilarse, pero, desde hacía unos cuantos, ya peinaba canas. Siempre fue un hombre atractivo poseedor de una voz aterciopelada, que se tornaba en la de un ogro cuando nos gritaba a mi hermana y a mí, con la que podía resultar muy interesante en las distancias cortas. Una densa y cuidada barba gris resaltaba sus ojos azules los cuales habían atraído a alguna que otra estudiante. Estoy segura de que mamá no desconocía sus aventurillas con más de una, pero nunca les dio importancia, es más, creo que le enorgullecía pensar que su marido seguía siendo un hombre sugerente para las jovencitas. Prodigaba un aspecto de intelectual de los sesenta con su manía trasnochada de seguir vistiendo roídas americanas de pana con coderas. Cuántas veces mamá le había sugerido, no se atrevía a más, que las tirara y se comprara unas nuevas. Cada vez que se lo oía decir teníamos una charla sobre la importancia de mantener las convicciones personales y ser acorde a ellas: su vestimenta le presentaba como hombre de izquierdas, hecho a sí mismo, idealista, asequible, dispuesto a discutir con cualquiera que no creyera en la libertad y la democracia, ésa que nos había costado tanto conseguir. Nadie pudo hacerle entender que sus coderas deshiladas sólo lo presentaban como un catedrático de filosofía anclado en los sesenta y terco como una mula.


Y ahora me resulta tan extraño estar en la misma mesa que papá celebrando el día de Navidad sin nieve, sin frío, sin besugo ni turrón, y sin mamá. Ni siquiera sus americanas desgastadas le cubren los fláccidos brazos: una camisa hawaiana de espantosos colores hace las veces de árbol navideño. Comemos ensalada de Noche Buena, plato mejicano, pescado con Roquefort, receta de una amiga venezolana de la familia de Basilia, y arroz con dulces, herencia culinaria de la mamá de Basilia que es portorriqueña, boricua, como ella prefiere que le digamos. Echo de menos al idealista fondón que nos hablaba todas las Pascuas de lo importante que eran la familia y las convicciones. Ahora habla horas sobre el estupendo clima que hace en Acapulco, sobre lo mucho que se ha vendido su última novela “La España trasnochada” y sobre la belleza de su amante a la que no se cansa de mirar mientras ella contonea sus generosas caderas debajo de un liviano vestido.