23 diciembre, 2009

Ilusión


Oyen los cuchicheos a través de la puerta, arrebujados en las mantas que arrancaron de las camas cuando notaron el frío de la noche sobre sus cuerpecitos calientes.
Han pasado la noche a duermevela, acostados desde muy temprano, inquietos y excitados, con los ojos doloridos de tanto apretar los párpados para convocar al sueño, que los esquivaba.
Están seguros, el ruido que escucharon por fuera de la casa no podía pertenecer a los coches que pasaban por el barrio de madrugada, ni al camión de la basura, ni a los gatos que a veces se pelean con maullidos desentonados. Eran ruidos de cascos, cascos y resoplar de narizotas sobre la hierba del jardín. Y campanillas que tintineaban quedas, como si una mano intentara ahogar su sonido de metal.
Pegan la oreja a la puerta, con el corazón latiendo a mil por hora. Está claro: alguien está revolviendo en el salón, junto al árbol de Navidad.
Ha traído un ayudante, susurra el mayor, debe ser un duende, porque tiene la voz muy fina.
El pequeño asiente, con los ojos como platos.
¡Que vienen! ¡Corre!
Adalberto toma a su hermanito por la muñeca para apartarlo cuando oye que los pasos se acercan. Salen a la carrera, olvidando las mantas en el suelo, tropezando en la oscuridad, para llegar sin aliento a sus camas, donde se meten a toda prisa y se hacen ovillos que fingen dormir.
Unos pasos recios se acercan hasta la entrada del dormitorio. Los niños pueden escuchar su respiración ronca de hombre gordo, el gorgoteo de la voz cantarina hecha susurro del duende.
Aprietan los ojos, apenas respiran. Papá Noel los puede sorprender despiertos y se llevará todos sus regalos para dárselos a otros niños más obedientes. Nada, ni un ruidito, no hay que moverse, quietos, muy quietos, que parezca que duermen.
Al fin, los pasos se alejan. Pasa un rato interminable hasta que el mayor se levanta con sigilo y se acerca a la ventana.
¡Mira, Juan! –apremia a su hermano para que se le una- ¿Lo ves? Ya se marcha.
Señala el cielo. Un nubarrón tapa parcialmente la luna, las sombras se mueven con rapidez. Una estrella fugaz atraviesa el firmamento, las luces parpadeantes de un avión marcan una estela a través de las nubes.
El pequeño señala las luces, saluda con la mano, pega la nariz al cristal de la ventana.
¡Qué rápido van, para ser renos!
Texto: Ana Joyanes 
¡MUCHAS FELICIDADES A TODOS!