06 diciembre, 2009

El sol no deje de calentar


Le dice: a tu hermana bien que le enseñé a coser y ahora le ha hecho un vestido precioso a la niña que, por si te interesa, está guapísima y muy grande, pero tú, siempre con esa desgana, siempre tan ausente. ¿Por qué no quieres que te enseñe? Tú no tienes que hacer nada, sólo estar ahí, como ahora, y verme mover la aguja y el hilo, observar bien, retener los movimientos, quedarte con la copla, como decía mi madre, tu abuela, y después, si quieres, lo intentas, pero por lo menos presta un poco de atención, interésate por algo. (Vale, contesta.) Y le dice: ¿vale, eso quiere decir que sí, que me atiendes, que quieres aprender? (Todavía no se explica cómo no entiende que no quiera aprender a nada, todavía no logra comprender por qué la trata como si no estuviera enferma, como si no fuera a morir de un momento a otro, que no quiera dejarla sola, marchitarse al llegar el otoño, que siga ahí, tenaz, pegajosa, intentando que viva lo que le queda, todavía no ha llegado a comprenderlo, que no se rinda, que siga ahí, a su lado.) Y le dice: tú sólo tienes que mirar, fíjate, después le podrás hacer un vestido a tu sobrina como el que le ha hecho tu hermana, ya verás, si después es fácil, si después lo haces sin pensar, sin darte cuenta y, anda, ya tienes un vestido monísimo, te vas a sorprender, siempre he creído que te gustaría coser, pero eres una cabezona, ahora que aceptas mi ayuda, ahora descubriremos cómo te las apañas, no me extrañaría que lo hicieras mejor que tu hermana. (Y las dos saben que habla tan rápido para ganarle tiempo al tiempo, para que no muera todavía, aún no, aguanta un poco más, para confiar en que el vestido llegue a acabarse y el sol no deje de calentar.)


Imagen: Primavera, Eduard Munch
Texto: Fusa Díaz
Narración: La Voz Silenciosa