10 diciembre, 2009

Un último beso



Caídos entre los edificios, haciendo un bastión de horror,
revelados entre la variable luz de la tormenta eléctrica,
los cuerpos de mis compañeros, yacían calientes,
alojados en casas sin paredes, antes colmenas y ahora nichos.

Con miedo, casi por instinto deserté de mi ya inútil posición,
para volver a la retaguardia, corriendo por el barro
hasta que una figura en las alturas, oculta tras sombras
me suplicó suave, "párate soldado, y por favor, no me mates".

Novia vestida de negro, en su soledad alcanzó a oírme,
y ahora me contemplaba al borde de un ruinoso alféizar.
Entre las miradas cruzadas, forjaba un pacto de tregua
correspondido, el silencio de su voz y la paz de mi fusil.

Conminado por una sutil indicación de su cabeza, seguí el
trayecto hasta un portal envejecido y desvencijado.
Ella me esperaba, al poco, inquieta y triste, al mismo pie
de los restos de peldaños de una escalera regia.

Su cara morena, de ojos tiernos y asustados, constituía
una paradoja de belleza entre la miseria de la guerra.
Sin pronunciar ni una palabra, se arrojó hacia mí,
fundidos en un abrazo, dos almas traspasadas.

No pudimos más que gritar con el trueno,
y llorar entre la lluvia, y al mirarnos de repente,
como si la impaciencia nos hubiera hecho deseables
unimos nuestros labios tan manchados, tan vulnerables.

En esta ciudad terminal éramos espectros,
momentáneamente unidos, dos desconocidos
ahora más que fraternos y ajenos a la general orden
de humano extrañamiento, rota por nuestros besos lentos.

En el azabache de su pelo, enredado entre mis palmas
volví a sentir de repente  la gracia del vacío, esa súbita ingravidez, por vivir viejos sentimientos reprimidos, no olvidados.
Y de repente me di cuenta, era cierto, las explosiones
nos habían alcanzado...