11 enero, 2010

Como las rocas de una montaña

Había una determinación oscura, como de honda corriente de río, en su deseo de callar. Un injerto de silencio había recubierto su mirada y aquel lienzo invisible cruzaba toda la osamenta del cráneo hasta sellar la cueva de su garganta. Lo sabía todo, pues todo lo había visto, pero si permanecía como las rocas de una montaña su memoria quedaría indemne.
Y no era asunto sencillo tal mudez, puesto que se arriesgaba a que la perspicacia de la investigadora confundiera su mutismo de esfinge con la asunción de una culpabilidad casi necesaria. Interpretar los silencios es arte sólo reservado a algunos músicos y a los felinos de la noche.
Además, sus dedos, impelidos por el resorte inevitable del recuerdo de las caricias, habían actuado con excesiva premura y ya era tarde para que devolvieran el único testimonio a su lugar sin que cualquiera, sospechara su reubicación espuria.
Intuía sin demasiadas incógnitas que las imágenes se convertirían en un oleaje perenne que acariciaría la superficie terrosa de su cerebro, y que acabarían por minar cualquier resistencia al desánimo o a la tristeza, pero no podía hablar.
Hablar hubiera supuesto, no sólo arrojar su memoria al olvido, como guijarros sin partida de nacimiento, sino enfangarlos en el oprobio. Hablar hubiera supuesto la traición. Ya no temía amonestaciones por su parte, salvo que su sombra se alzara para siempre del cadáver y se anudase a la suya propia, pero el pensamiento lejano de su reproche, como un eco que se pierde, hería su ánimo.
La contempló por última vez para acumular el vestigio de un latido que había abandonado su cauce en un vuelo sin destino, para evitar el pulso de mármol sobre el aleteo indeciso del recuerdo, y supo que el último fogonazo que había atravesado su mirada lo teñiría de abrojos que se clavan para que sangre la mirada.
Aún así, selló sus labios, amordazó su lengua, obturó su garganta y se hizo pedregal inexpugnable su mirada.