24 enero, 2010

El bulto (II)

Mientras avanzaba, sin saber por qué ni a dónde, como si fuera arrastrado aguas abajo, mis ojos se abrían de vez en cuando, deslumbrados por las grietas de luz que surgían de algunas ventanas. Nuevas arcadas me recordaron que teníamos que llegar a puerto lo antes posible, sin embargo, las numerosas puertas que había a lo largo del pasillo, y que parecían desdoblarse por momentos, no advertían al navegante de ser un destino seguro. ¿Qué oscuros secretos se ocultarían tras ellas? ¿Qué extraños seres serían sus moradores? En forma de fantasmal barco pirata, avanzaba inseguro, tropezando, de vez en cuando, con los témpanos de hielo, en forma de mesillas adosadas a la pared o de algún que otro objeto no identificado. Al final del pasillo, la puerta entreabierta invitaba a entrar. Al asomarme, vi una amplia cocina, levemente iluminada por la luz de una ventana, y dentro de ella una discreta puerta que anunciaba ser el baño. Esperanzado, me abalancé sobre ella y la abrí con cuidado. De la oscuridad surgió un tenue quejido, que precedió al rechinar de muelles de una cama, como protestando por la profanación de aquel lugar sagrado. Sorprendido, cerré rápidamente aquella puerta con disimulo. Dando unos pasos hacia atrás, atraqué en el poyo la de cocina, donde eché amarras para proveerme de un gran vaso de agua, que lejos de refrescarme acentuó la sensación de fatiga. Precipitadamente surqué aguas arriba hasta la primera puerta de la izquierda, en la que pude comprobar, tras abrirla y entrar que estaba a salvo. Una sonrisa de idiota se reflejó en el gran espejo sobre el lavamanos y tras mirar mis ojos resumí la situación con una sola palabra:”¡joderrr!”. La situación se antojaba grave. Como si fuera un médico forense que me hacía una autopsia, me palpaba las mejillas sin color, los párpados hinchados, estiraba aquellos ojos cuajados, para averiguar que extraño color era aquel, me tocaba la cabeza, como comprobando si faltaba un trozo, y mi lengua salió de aquella boca pegajosa como si no fuera mía. Por un momento creí que saldría al exterior como si fuera un alienígena, envuelta en una especie de placenta indescriptible. Provocado ante tal espectáculo, corrí hasta la vasija que empezó a llenarse de todo tipos de flemas y vómitos, que arrojaban datos interesantes para esclarecer los hechos del día de autos. Las muestras parecía una cata de vinos que, por su textura y color, se podía deducir que se trataba de un buen Ribera, o quizás, de un, no menos, buen vino de Tacoronte, acompañado de un solomillo Strogonoff, envuelto en salsa de queso de Cabrales.


Moribundo y extenuado, me senté sobre la tapa de la vasija, intentado recuperar fuerzas. Por momentos, sentía una cierta mejoría, como si hubiese sido purificado de tantos pecados cometidos. Paralizado mi cuerpo, mis ojos se entretuvieron en curiosear todo aquel lugar: Un amplio baño con antiguos azulejos de un triste color celeste, que tenía un cierto aire festivo, por las toallas, mal colgadas del tubo de las cortinas plasticosas de la ducha, unas bragas de colorines que se sujetaba milagrósamente de un saliente, como si hubiese llovido del cielo, un chándal con una pata al revés … y en las altas esquinas las telarañas remataban el decorado. Parecían banderas y pancartas esparcidas a lo largo de un recinto deportivo.


Un, dos y tres … y me volví a levantar dirigiéndome hacia la puerta, aunque aún tendría que regresar para liberarme de aquel gran vaso de agua. Intentaba apuntar a aquella araña negra pintada en el interior del retrete, pero inmortal se mantenía ajena a la agresión. Desistí y me mantuve contemplando aquel chorro que se volvía espumoso como la cerveza cuando llegaba a su destino. El sonido, como un murmullo, resultaba relajante, y cuando dejé de mear seguía oyéndolo, como si fuera un eco, hasta que me di cuenta que ahora resultaba más lejano, como si saliera de la pared. Lo escuché hasta que alguien cerró el grifo al otro lado del baño, en la cocina. “¿Quién sería?” –me pregunté, y me acordé del bulto. Curiosidad, incertidumbre, inseguridad, excitación, confusión, temor…, eran palabras que se mezclaban en mi interior dando vueltas, cada vez más rápidamente, hasta perder el color. (CONTINUARÁ)