28 enero, 2010

El perro de Obama

Corrió veloz hacia su dueño al oír la puerta del despacho. Jadeaba de placer, sabedor que le tocaba, una vez más, ser el primero en oír su nuevo discurso. Quería parecerse a su amo, a ese ídolo de masas que comunicaba y seducía; y era optimista, pues sabía de esas leyendas urbanas de humanos que contaban símiles entre perros y sus dueños. Símiles que se fraguaban en la convivencia, en el contacto diario, en el mimetismo que este contacto conllevaba. Por ello, él siempre estaba merodeando los pasos de su amo. “Yes, we can”, volvió a ladrar el perro, al tiempo que movía la cola, dando así el visto bueno al discurso. Y tras finalizar su trabajo dormía plácido y autorrealizado, aunque algunas veces, en sus inevitables pesadillas caninas, su amo aparecía como un chucho de mala calaña.