27 enero, 2010

En tiempo real


Cortan tus manos la esencia de la tarde, mientras prenden de tus dedos, como anillos de rubíes, los últimos rebrillos de este crepúsculo de invierno. El principio del ocaso, como un lirio prematuro, se desgaja del cielo que ya casi no es azul de puro cansado y aterido. Mis ojos devoran el último matiz de la luz que se desmaya, para resucitar de su ceguera, mis ojos, cansados, se tumban sobre una línea quebrada como radiografía de piedra, y un zumo de rosas acaricia la efigie de la mansión donde yace el cuerpo agonizante de la tarde. Mientras el incendio crepita en el corazón, un abanico helado esparce el último destello de una perla de aguamarina.

No puedo acceder al recinto de tus sueños, a la cripta mágica y caliente donde se desborda la ilusión, donde nace el llanto, donde tiembla el miedo, donde hiela la soledad, donde la noche ausculta a las estrellas sin bufandas, donde tus labios se convierten en comba para que salten felices mis dedos como niños de la infancia.

Detrás de la espalda de tu nombre, esa luz de fragua agónica, entreteje la túnica de luz que envuelve el territorio de tus latidos, y espero, como un guerrero sin coraza, que el último latido de la tarde convoque el premio de la paz y del silencio del planeta para que tu voz resuene con la vocación con la que el ungüento sana las heridas de la guerra.
Texto: Amando Carabias