31 enero, 2010

Un traje, un viejo y un libro...

Aquel traje me quedaba perfecto, de lujo. No era una opinión personal, era algo objetivo. Todo el mundo me lo decía, y yo, por una vez, decidí hacerles caso, sumarme a esa corriente. Era un traje de fiesta, de noche, con cierto brillo. Una corbata dorada y brillante como la luna en sus mejores días. Acompañaba la camisa negra, de puños y cuellos al milímetro planchados. Decidí vestirme con él todos los días. Si la vida era un regalo, ¿por qué no envolverla con buen papel?... pues eso. Y eso la gente lo veía extraño, excéntrico, alocado o una gilipollés.

A cualquier lugar que me dirigiera, desentonaba. Ni tan siquiera en las fiestas nocturnas pasaba desapercibido. Ninguno era el momento idóneo, ni la atmósfera adecuada. Pero a mí me importaba muy poco, la verdad. Como se diría vulgarmente: aquello me la traía floja, me la sudaba. No me ensuciaba el traje con las miradas críticas o los cuchicheos tristes, solitarios en verdad. Salían de bocas amargadas y mal acompañadas o solas,
y acababan en oídos empobrecidos y acobardados. Así pues, no me manchaba con esa suciedad, entre otras cosas, porque la belleza crea una frontera infranqueable para ésta, para la suciedad y sus manchas de mierda invasora.

Paseando, por un parque, recordé que esta reflexión sobre la belleza la había escuchado de un viejo vagabundo que habitaba por dicho lugar. En su mano sostenía un cartón de vino y en su esternón dormía un libro que a él lo mantenía en vilo. Me creí sus palabras, estaban bien dichas y entonadas, quizá con voz algo rasgada, pero me persuadió e influenció su manera de orar. Pensé que, de mayor, quería ser igual de sabio.

Unos diez pasos más adelante en mi paseo, me di cuenta de que también quería algún traje más como aquel que tanto me enorgullecía, o parecido, del mismo estilo, vaya. También fui percatándome de que ambicionaba una buena casa para meter a una buena familia. Así que, como tantos otros, dejé de lado al viejo, que yacía bien incrustado en aquel banco.

Cierto día, sin más y con el paso de éstos, decidí abandonar el traje y retomar mis viejas costumbres, más sencillas. Me dio por visitar al viejo vagabundo del parque, quería ofrecerle algo de comida, liberarlo por un día de su sobrellevada angustia. Cual fue la sorpresa que, en su lugar de residencia, sólo quedaba un cartón de vino a medio vaciar y aquel libro misterioso. La situación me tentó bastante, aquel espacio deshabitado desprendía una esencia de libertad que atraía como poderoso imán, a pesar del ligero aroma a suciedad que aún hedía.

Pero tras meditarlo, eché para detrás mis tanteos con aquella posibilidad. Había observado bien el libro, y era muy largo. Creo que acerté. Eran demasiadas páginas para mi consabida capacidad.