02 febrero, 2010

El Maestro


La mañana azul era esplendida. Hacía un calor extraño. Un bochorno que se pegaba a las espaldas y a los pies de todo el grupo.
Iba en silencio unos pasos por delante de nosotros. La cabeza algo encorvada, como si estudiara un mensaje cifrado escrito en las piedrecillas del camino que seguíamos.
De pronto, el Maestro se detuvo y se giró.
Los murmullos de nuestras conversaciones cesaron de repente, como si su rápida parada y giro hubieran sido domadores de nuestras palabras.
Nos miró de hito en hito, muy despacio. Era una estrategia. Acunaba los silencios con el mismo cariño
con el que las madres acunan a sus hijos. Todos supimos que nos iba a decir alguna cosa. Y a medida que pasaban los segundos, íbamos comprendiendo que se trataría de algo importante. Algo que necesitaba ser guardado en nuestro corazón para siempre.
Pero me sorprendió. Sólo nos hizo una pregunta.
‘¿Si mañana fuera vuestro último día de vida, qué tendríais que dejar de hacer?'
Ni siquiera hizo ademán de esperar una respuesta.
Nos volvió a dar la espalda y siguió su camino, ahora no iba encorvado.
Nunca se podía estar seguro del todo con él, pero si alguien me hubiera preguntado, habría jurado que sonreía, mientras se imaginaba nuestras cavilaciones.