18 febrero, 2010

Noches cualquiera


Sucede que estos días llenos de encuentros y reencuentros, salpicados de libélulas que se mueven a ritmo de jazz casi hasta el alba, en cualquier bareto petado de utópicos
hablamos de miserias y esperanzas, de pasados inequívocos que formaron salvadores del futuro, de luces que están por venir y sombras que se han de esfumar.
Mientras, solo unos cuantos nos fumamos lo infumable de este viento de febrero.
Pasa, que en noches de luna llena, brotan de la nieve, duendes “sin cascos azules” para alborotar el pelo de los niños de ojos negros.
Porque son esos ojos, los que mejor custodian todos los misterios del universo.
Son también esas miradas negras las que serpentean sin saberlo los mares en calma o aquellos de heridas abiertas.
Y así van pasando las horas y los días sin bombas y las noches sin plata y los gritos ahogados, que van dejando estelas indescifrables en los cielos del sur que provoca y atrae y asusta y palpita y sueña y…


De fondo, Lila Downs, que me habla de otro rincón del mundo llamado México y de un "huipil" que viste los cuerpos de niñas, que luego serán mujeres, para más tarde ser ancianas y…por último desaparecer con el calor de una noche de verano como si nada hubiese pasado.
Y mientras, la voz de Lila, cavernosa y bella y lejana, choca en mis cristales con la paloma que confió en su instinto volador. Luego recorre sinuosa mis paredes tatuadas de cuerpos de mujer y por último se posa en estas letras, que revolotean como mariposas junto a un teclado que viajará atravesando ríos y montañas, valles y acantilados. Allí se encontrará en mitad de una calle cualquiera con un puñado de trucos en los bolsillos, a repartir entre unos cuantos ojos enigmáticos y negros, que atónitos, obvian el estruendo de su cielo para quedarse a vivir en los pliegues de una boca que no miente.
Yo estaré de espectadora entre ellos y aplaudiré con la mejor de mis sonrisas. Porque la vida a veces también es un aplauso amargo.