27 febrero, 2010

Obsesivo

Cualquier cosa. Un oso con aspavientos de sus zarpas, que se relamía la miel de la cara, llenas de un batallón de abejas cooperativas y asociadas; abejas luchadoras por el resguardo de un laborioso trabajo. Cualquier gilipollés. Tonterías infinitas y la vez nimias, insignificantes. Todo en el asfalto y en el cielo plasmado, se le convertía en una obsesión. Y rascando y rascando por los huecos de su cerebro, se pasaba las uñas por las cejas, desplumándolas. ¿Sabéis? Como cuando un loro se arranca a picotazos las plumas por el estrés que puede crear una depresión. Cualquier visión le carcomía los miles de escondrijos de su consciencia, haciéndole sentir una hecatombe de frases que intentaba escupir en hojas blancas. Aunque sus ojos se quedaran sin la protección de sus cejas. Aunque un enjambre de abejas, y los zarpazos al aire de un oso, se le presentaran en el centro justo de sus entrañas.