27 febrero, 2010

El perdón


Mientras contemplaba las últimas caricias del sol sobre el reseco horizonte, olvidó que aquel día no había sido el mejor de su vida.
El amanecer y sus intenciones quedaban lejos, tan lejos como pasajeros de un tren extraviado.
Aquella luz, que caía como si fuera lluvia tibia y limpiadora, aquella luz que iluminaba el oscuro túnel de su mirada, consiguió que relegara del recuerdo todo lo que le había sucedido, lo que había provocado sin querer (unos cuantos malos entendidos, algunas palabras soeces, algunas mentiras piadosas...) y lo que había provocado a conciencia: lágrimas y sonrisas, enfados y reflexiones, rupturas y reconciliaciones.
Durante unos minutos, mientras el ocaso se hacía brisa cálida, olvidó quién era, por qué era de ese modo, y hasta sonrió mientras sentía la mano de ella sobre la suya. Durante esos minutos eternos de primavera se meció en el horizonte. Durante unos minutos sólo quiso ser posiblidad de un sueño...
Durante unos minutos se olvidó del miedo y volvió a creer que una lágrima bastaría para el perdón