04 febrero, 2010

Un pico pegado a un pájaro


Era un pico pegado a un pájaro como era la nariz a Cyrano de Bergerac. Suspendido entre plumas, bajo dos ojos naranjas que atinaban a mirarlo, el pico pegado a un pájaro era usado para engullir orugas y escarabajos. Una noche el pico pegado a un pájaro comenzó a desintegrarse, la red que configuraba su rigidez se fue diluyendo volátil entre la humedad de la selva. El pájaro ajeno al desprendimiento siguió durmiendo con la cabeza enrollada entre sus alas, y con un agujero oscuro bajo sus párpados cerrados. El pico pegado a un pájaro se fue alejando, dejando bajo de sí a la masa selvática, a una enorme esfera envuelta en un halo de luces fluorescentes, se encontró de pronto inmerso en la más absoluta oscuridad.
Los primeros rayos del sol  se filtraron en el follaje de la selva anunciando la mañana de aquel día. El pájaro despertó y sintió un desagradable amargor que escurría por su gaznate. Quizo canturrear para llamar a su hembra, pero sólo pudo emitir un tímido chillido. Voló hasta la charca a beber y observó en sus tranquilas aguas que no tenía pico, que en su lugar estaba una boca oscura recorrida de dientes. La hembra voló a su encuentro, y el pájaro intentó esquivarla. Ella lo perseguió, tal vez pensando en un juego. En un descuido el pájaro quedó frente a su hembra, pero el miedo lo superó y no pudo evitar el esbozo de una risa nerviosa tupida de dientes.
-¡Pablo! ¡Pablo! Deja el ordenador y ven a cenar - Pablo buscó con el ratón a un pico pegado a un pájaro en la zona negra de la pantalla y lo posó sobre una inocente manzana.
Texto: Dácil Martín