11 marzo, 2010

Dejad que me evapore en el pentagrama


Dejo que mis dedos fluyan al ritmo del piano: gotas de agua que acarician el alma tras una jornada tranquila y lenta. Me fijo en el devenir de los sonidos como surtidor de fuente, me doy cuenta de la inmensidad de los matices, del incontable número de notas que se asoman a los oídos al mismo tiempo. Mis torpes dedos emulan su movimiento frenético sobre este teclado negro y siempre avanzo mucho más despacio. La versión que escucho es intensa. Dejo que cada palabra ocupe un lugar en el espacio y me intento olvidar de todo.
Sólo quiero sumergirme en la melodía que me envuelve.
Intento deshacerme de las inevitables comparaciones que tienen que ver con lunas y lágrimas, con melancolías y soledades, con penas y reflexiones. Intento que la música pura avance por las neuronas, avance vacía de contenido, sin significado… Intento vaciarme de la semántica preconcebida, intento ser sólo escuchante sin perjuicios, como si acabara de nacer, como si fuera un niño sin conciencia maleada, como si fuera un bebé cuyo cerebro deglute por primera vez estos sonidos de cristal, como si fuera una página sin versos... Vana pretensión.
Cierro los ojos.
Dejo que la luz que aflora de la imaginaciónocupe un lugar junto al sonido. Percibo colores claros e intensos, y más que tristeza, siento alivio y relajación, como un masaje sobre el alma. Una sonrisa se asoma frente a mí, una carrera de pasos veloces y esquivos, el vuelo de la linterna de una libélula, una flor que se convierte en hada del asfalto.
¿Dónde está la supuesta tristeza de esta música?
Los dedos continúan tecleando a un ritmo casi parecido al que percuten las teclas del piano, pero mis frases no tienen el son que atesora la música del polaco. Me siento tan a gusto en esta piscina de colores que no saldría de ella en horas o en días, aunque la piel se convirtiera en un tirabuzón de viento.
En estos pocos minutos el descanso es casi total, una relajación absoluta me invade, diría que me duermo, mientras los brazos de la melodía me acunan... Sé que no duermo, pues escribo; pero al menos me ausento, como si el cuerpo fuera intangible, y me zambullera con los ojos cerrados en la melodía como el mar…
Ahora dejadme dormir, dejadme soñar…
Afuera pasan cosas, sí, lo sé, no soy ajeno a ellas, pero dejad que me vaya con esta luz de sonidos que me envuelve, dejad que me evapore en el pentagrama invisible, dejad que ausculte el viento de la noche, dejad que sea fragancia de flores nocturnas…
No, no me retiro. No, no abandono, son sólo unos momentos, unas horas, quizá, en que cada músculo abandona tanta tensión, en que el cuello no parece un leño de árbol, en que la sien izquierda no se encrespa como si un ejército de golpes se hubiera encaprichado de su superficie…