14 marzo, 2010

Zaragoza-Tenerife. Escala en El Plata

Cuaderno de bitácora. 14 de marzo de 2010
Rodin en todas partes. Aún no ha concluido la exposición de CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife cuando puedes encontrar en Zaragoza, al final de la calle Alfonso I, siete de las magníficas estatuas de Auguste Rodin, dando paso a la plaza de la Pilarica, que sufrió una feliz remodelación que aúna la silueta clásica de la Basílica con un mastodóntico monumento en forma de cascada, farolas de penúltimo diseño y estatuas de bronce de Goya y sus goyescos sentados frente a la torre de la Seo. Y me viene el recuerdo de los Menceyes de piedra de la Plaza de la Candelaria que fueron sustituidos por los más estilizados, clásicos y armoniosos que ahora la presiden. Y siento un nudo de nostalgia por esas moles rojizas, toscas y llenas de fuerza, ya relegadas a una insulsa avenida.
Nada de insulso tiene, por el contrario, recorrer la orilla del Ebro. Pasar entre los leones que flanquean la entrada al Puente de Piedra y atravesar el río,
contemplando los remolinos de agua oscura que se forman alrededor de sus pilares, con la vieja Cesar Augusta tendida a sus pies, es toda una experiencia.
Más tarde, el espectáculo del Plata, emblemático local de la noche zaragozana, que me devuelve a los transformismos del Vampi’s sólo que con un único transformista y hasta diez strippers que no se limitan a exhibir sus estupendos cuerpos, unos más estupendos que otros, sino que ejecutan números musicales de calidad y no exentos de dificultad. Por cierto que el local, cerrado durante 16 años y reabierto hace casi dos, cuenta con la dirección artística de Bigas Luna. Muy significativo.
Y, después del alimento del alma, el del cuerpo, por esas calles del Tubo.
El ambiente antiguo perfectamente restaurado de Almau con su anchoas Reina, espectacular; las tapas de autor y premio de Los Victorinos, algo que no se puede perder; el mostrador para despachar vino con las barricas a los lados y la barra con las tapas de encurtidos de toda la vida y vermú de barril, inalterados desde los años cincuenta de Casa Paricio, las múltiples tapas de queso del bar Estudios, el ambiente indefinido del Ombú con unas tapas sabrosas y elaboradas, y tantos otros locales, son una razón de peso para regresar a Zaragoza.
Rodin, remodelaciones en busca de la modernidad, espectáculos cercanos al cabaret. Coincidencias que por un momento hacen reflexionar en la sincronía, en las imágenes especulares de lugares y circunstancias.
El mundo es global, la vida se ha globalizado, se repiten los esquemas. Y, aún así, viajar se hace tan imprescindible como respirar o dormir.
Solo me pregunto: ¿para cuándo auténticas zonas en Tenerife donde saltar de bar en bar, de tapa en tapa?
Reseña: Ana Joyanes