07 abril, 2010

El Pistolero


Sopló el cañón del revólver como si fuera a apagar algún fuego. Lo había visto en muchos westerns: el malo, tras su último tiroteo, enfría la punta de su arma antes de enfundarla en la guarida de la fiera. Él también era el malo de la película, el más fuerte, el más temido de todo el barrio. Miró a su enemigo absolutamente acribillado, no le había dado tiempo a decir ni una palabra. Sonrió, se sentía poderoso. Ahora nadie iba a dudar de quién era el más rápido. Tocó el ala de su sombrero con un gesto de orgullo.
-¡Jaimito! ¿Te has acabado el bocadillo?
Jaimito escondió la pistola de flechas detrás del rosal y raudo fue a despegarle las ventosas al enanito rojo del jardín. Sí, era el más rápido, había ocultado todas las pruebas en un tiempo récord.
-¿Ya estás otra vez jugando con el gnomo? ¿Cuántas veces te he dicho que lo dejes en paz que acabarás rompiéndolo?
-Pero, mamá, que yo no estaba jugando…
Mamá se había acercado al lugar de los hechos a una velocidad increíble y había cogido el sombrero de Jaimito que agitaba en el aire como muestra evidente del delito. Jaimito agachó la cabeza, sacó el bocadillo aplastado del bolsillo y se sentó en las escaleras a comérselo.
Es una mierda ser un niño.