01 abril, 2010

La mano

No era él, era su mano. La mano que lo anexaba a otras realidades. Una mano que lo disponía tan sólo a indisposiciones. Y se le iba anárquica a envolverlo en asuntos delicados, en temas que serpenteaban en la linde del abismo. Esa noche fue hacia su pelo a despeinarlo todo, hacia su nariz, hacia su cuello. Siempre a contrarias suyo, siempre a contrarias de los otros, de ella en este caso.

Entonces, una bella y una mano. Sola, de códigos legislativos inexistentes. Con órdenes de desordenar todo. Imperando sobre las piezas del puzzle: el caos. Y todo un juego el de la mano. Pues no era él, era su mano. Y un juego, siempre un juego todo.


Así claro, un cuello femenino, de dulce garganta con voz algo inerte de argumentos, fue a fenecer, a quedarse cerrada en un candado que cercenó todo su aire de presuntuosa y arrogante vitalidad. No era una excusa, era una mano, de dedos garrote, pero sólo una mano. No era él.