16 abril, 2010

Lo peor eran las tardes.


Imagen tomada de internet. Google Imágenes


Hasta hacía unos meses, después de comer, se bajaba al bar de Graciano y allí estaba un ratito: cafetito, copita y mirar alguna partida. Unas pocas bazas, porque enseguida tenía que volver al curro.
Al principio, cuando no se creyó que la cosa se prolongaría tanto, le alegró, como si fueran unas vacaciones, pasar allí tres horas o cuatro, ocupar algún asiento de la partida y vocear, como los demás, por una baza mal jugada, por un renuncio descubierto en la barahúnda de humo y gritos.
Pero después de esos meses, tres o cuatro, ella le advirtió que no podía seguir así. No estaban como para que cada tarde dejase diez euros en el bar de Graciano.
Por las mañanas las cosas eran un poco más fáciles. El horario de los chavales le permitía disimular un poco mejor.
Ella le miraba dar vueltas por la casa como los toros encerrados en un establo, furioso por la falta de actividad. Cada poco le pedía que le hiciera algún recado, e incluso se inventaba mandados inútiles para que aquel cuerpo saliera de la casa y se llevara tras de él la tensión que electrizaba el ambiente.
Pero por las tardes…
Ya, mujer, le dijo, pero entonces qué hago hasta las siete y media o las ocho… ¿Cómo le digo a los chicos que su padre, con cincuenta años, es un inútil y ha perdido el trabajo y ya nadie quiere contratarlo?