05 abril, 2010

"Sputnik, mi amor" de Haruki Murakami.

A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo.

 
Las primeras líneas de “Sputnik, mi amor” te dejan sin aliento. Te arrastran hacia el interior del libro con la promesa de que en las próximas horas el mundo se va a evaporar por completo, no quedando nada más que el vacío y nosotros ante sus páginas. Pero esta promesa no llega a cumplirse del todo, puesto que a lo largo de la historia habrá muchas ocasiones para recuperar el aliento, para hacer una pausa y comprobar que efectivamente a nuestro alrededor todo sigue en su sitio, que el mundo sigue existiendo.
Loable es, sin embargo, la manera tan peculiar y prácticamente perfecta en la que se nos presenta a los personajes, a través de su relación triangular y sin que dos de ellos se conozcan. Desciframos la personalidad del narrador por medio de las llamadas telefónicas a altas horas de la madrugada que le hace Sumire, y descubrimos cómo es Sumire en los recuerdos del narrador, un joven profesor enamorado de ella. A Myu, la mujer de la que Sumire está enamorada, la conocemos gracias a las conversaciones que han tenido lugar entre ella y el narrador, y que este también rememora. Cartas y documentos revelan de igual modo, a medida que avanza la historia, secretos de las dos mujeres. Ningún personaje se define a sí mismo. Todos están descritos con precisión por los ojos del otro, por la manera en la que el otro los ama, por la forma en que se extrañan, sin necesidad de seguir una línea temporal cronológica. Además, cada uno de ellos es presentado como un ente perdido, imperfecto, incompleto, en búsqueda de algo, característica típica de muchos de los personajes del escritor japonés.
La novela no deja de ser una porción más del gran universo literario de Murakami, otra pequeña parte de su mundo de conexiones. En “Sputnik, mi amor”, la relación entre el narrador, Sumire y Myu tiene ciertas reminiscencias del triángulo que formaban – en circunstancias muy distintas – Toru, Naoko y Reiko en “Tokio Blues”. Su amor por los gatos queda patente una vez más con la inserción de la historia corta “Los gatos antropófagos” - recogida en la colección de relatos “Sauce ciego, mujer dormida” - en esta historia. El erotismo como algo experimental, impulsado más por una búsqueda de identidad que por deseo sexual, también se hace presente. Y algo que no puede faltar: lo insólito, lo surrealista, lo imposible, que nos sacude varias veces en la historia, pillándonos totalmente desprevenidos, aunque no logre después mantenernos en tensión durante mucho tiempo.
En “Sputnik, mi amor”, el misterio se diluye en un ensayo sobre los sentimientos que se alarga quizá demasiado. Parece que los propios personajes se dan por vencidos muy temprano en el desarrollo, y ante eso, el lector ¿qué puede hacer? Tanto divaga el narrador que llegamos a olvidar el nudo principal. La historia carece, en mi opinión, de la solidez narrativa de “Kafka en la orilla”, y del in crescendo en la tensión de “After Dark”. Y por si fuera poco, el paraje idílico en el que se desarrolla parte de la historia hace que perdamos la capacidad de identificarnos con los personajes. Con todo, no deja de ser una buena lectura. Sería totalmente injusto exigirle a un autor que sea excelente a lo largo de toda su obra. Cuando se trata de Murakami, siempre se puede sacar algo bueno, y por comienzos como el de esta novela y la oportunidad de sumergirnos en este universo tan particular, uno podría plantearse incluso repetir la lectura.
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Reseña: María Reznik