26 abril, 2010

Volver a Logroño


Volver a casa, sentir las calles que amas bajo tus pies, el olor que hace única a una ciudad, los sabores que recuerdas más con el corazón que con el gusto, escuchar los acentos que nunca has olvidado.









Tomar al mediodía el vermú aunque pidas una cerveza y, por la noche, a la San Juan o al Laurel en busca de los mismos pinchos que has tomado desde siempre: el champiñón del Soriano, la tortilla del Mere; atreverte con los nuevos –qué grandes los matrimonios del Blanco y negro o las brochetas de piña y langostino del Juan y picamé.
Volver al Juncos por el batido de frutas y la partida de parchís, aventurarse en la comida japonesa de un restaurante chino y con el rock garage en vivo del Biribay, envuelto en humo y regustos setenteros.
Pasear por El Espolón y por el nuevo Parque del Ebro, contemplar con la admiración de la primera vez la torre octogonal del Santa María de Palacio, seguir las conchas plantadas en el suelo que nos recuerdan que estamos en pleno Camino de Santiago, encontrar la ermita de San Gregorio, escondida entre edificio nuevos, recorrer la calle Portales sin tener que sortear los coches y ver de lejos el Puente de Hierro, sobre el Ebro.
Regresar con el recuerdo a la Puerta del Revellín, hoy pulcra y restaurada, donde el primer día que pasé en Logroño me ofrecieron un trozo de pan y un pez y una jarrita de vino para conmemorar el milagro de San Bernabé, que salvó a la ciudad de la hambruna durante un asedio, abarrotando las orillas del Ebro con peces.
Volver a casa, tras un breve paréntesis que dura años, con los amigos-hermanos, que aún guardan ese trocito de corazón que dejé en Logroño.
Texto: Ana Joyanes