25 mayo, 2010

El cosechador de estrellas





Me dijeron que existe un cosechador de estrellas, que las siembra en todos lados, en algunos pocos lugares germinan (es peor que el poroto). En los campos que plantaron soja, allí ni se acerca y en los plagados de odios ni siquiera los tiene en cuenta, porque se vuelven infértiles de tanta tristeza.
Pero donde hay niños, y seres que añoran, ahí desde temprano lo verás con pico, pala y regadera llena de lluvia. A veces se me confunden las luciérnagas con las estrellas, entonces por las dudas a ambas entrego mis deseos.
Lindo oficio! Lindo.
Cansado, se duerme en medio del campo, de tanto trabajo y a la madrugada los grillos le anuncian los nacimientos.
Es tanta su alegría! que chifla y tira su sombrero al viento. Luego se acerca, la mece un poquito, le sacude la tierra y le guiña un ojo emocionado.
La estrellita enseguida se llena de brillo y mira para arriba buscando su destino. El cosechador le susurra algo al oído, nunca se sabe si le regala un nombre o le cuenta el sueño de algún niño.
A la estrellita le nacen manitos y unas alitas imperceptibles y en las noches oscuras es lindo pispearlas y ver a lo lejos como de la tierra se elevan juntitas, tomadas de la mano y cantando coplas lindas para el cosechador. Dicen, los pocos que lo han visto de cerca, que él tiene tanto brillo en los ojos que solo es posible mirarlo desde una distancia políticamente correcta (que no sé cual es)
Igual, un día de éstos me le animo, tengo tantas, tantas ganas de conocerlo.
Nunca tuve aspiraciones de estrechar la mano de gente emperifollada y coqueta.
El cosechador, es un grande, un tipo simple, de perfil modesto, cuando podría fanfarronear como loco con su oficio. Su casa es sencilla, en medio de un cerro y no tiene luz eléctrica, solo unos cuantos frasquitos transparentes llenos de luciérnagas

que no solo lo alumbran, sino que lo quieren y le cantan. Un coro de sapos les enseñó a cantar, cuando eran purretas y eso no se lo olvidan más.
El cosechador no necesita mucho espacio para su siembra, un patiecito sin perros es más que suficiente (ha habido pichichos que han mordido estrellas con suerte diversa) e incluso ha usado macetas en terrazas de abuelas que quieren cumplir 100 años. Hay enamorados lúcidos (muy pocos) que lo han visto en el mar, sembrando en las mareas bajas y siguiendo instrucciones de la luna llena.
Me va a gustar, lo sé. Tengo esa certeza. Y miren que rara vez me germina una certeza.
Le voy a preguntar si su oficio se estudia en algún lado, aunque seguro me va a decir que no, que hay cosas que no se aprenden, que solo se saben y listo.
Tampoco sé si me conviene rumbear para el norte o para el sur para poder hallarlo o para aquel lado o a la reversa o al mismo tiempo. Y si tengo que ir sola o puedo esperar a la lluvia.
Un día de estos me animo, se los juro, mientras tanto cruzo los dedos, cierro fuerte los ojos y lo imagino con sonrisa de luciérnagas y repartiendo frazaditas de rocío.