15 junio, 2010

Equilibrios sobre una cuerda roída

 


Te marcharías si no hubieras olvidado
cómo era no sentir nada con las últimas veces
si supieras que pronto te convertirías
en prescindible, en olvidado del todo,
tan rápido, tan sin dolor, dirías
Te irías, yo lo sé, si no te persiguiera
después por todas las trampas que tiendes
como si fueran unos bambitos de verano
en una cuerda mordida por roedores nocturnos

Y te conviertes en sombra que ya se fue
pero te quedas llenando el espacio
tu espacio
para que nadie pueda ocuparlo para que
sepas que alguien te espera, que yo lo hago
te estás quedando y ni siquiera es cobardía
te parece que te quedas pero te estás yendo
tan despacio que todavía puedo verte aquí
tumbado a mi lado reposando todas las veces
que planeaste el vuelo y caíste bajo
hasta pisarte tu propia huella de escombros viejos
inutilizables

Muestra ese lado tuyo que tiene miedo y revuelve
las fotos que hay al otro lado del cajón
por donde se cayeron tus últimos años, los
indeseables, los que intentamos olvidar pero
se aferran a nosotros como si fuéramos alimento,
como si calentáramos en la frialdad
morirán los que recuperan la ternura de las noches
en que unos labios maternos venían a la cama
y parecía que iban a besar para acabar
finalmente mordiendo
morirán sólo los que rescaten del dolor
una luz que parpadea
morirán solamente los que crean que todavía
no llegó su hora, su hora, su hora