16 junio, 2010

Pensar



El dolor ha corroído mi alma y la pena se ha fundido a mí ser. Ya forman parte de mí. Para siempre. Estas sensaciones se han interiorizado tan profundamente que me es imposible albergar ningún otro sentimiento o emoción. Zozobro en la penumbra de la angustia mientras me sumerjo en las tinieblas de la depresión. Ya no distingo realidad o ficción. Ni tampoco me importa. Nada me importa. Llevo tanto tiempo hundido en este desgarrador y solitario sentimiento, que sólo soy capaz de vislumbrar un horizonte decadente. El delirio y la locura guían mi destino hacia la muerte. La temida dama está ahí. Siempre ha estado aquí, esperándome, vehemente y siniestra. La siento apasionada abrazarse a mí, incrustándome sus fauces. Me engulle a su incertidumbre. Perdido, estoy perdido en este infinito y lúgubre laberinto.

Mis espejos me mienten. Ese que me mira de frente, no soy yo. Ese no es mi rostro, pálido y funesto. Unos ojos hundidos y tristes que no son míos. Una mueca perpetua de insatisfacción grabada en mi boca. Mentira. Yo no he llevado nunca barba, una barba sucia y descuidada. Se que me mienten, los muy miserables. Si de algo estoy seguro es que ese no soy yo. Este mundo ya no es el mío.

Pero dígame doctor, ¿que puedo hacer? Necesito ayuda, alguien que me oriente, que me muestre la salida de este profundo abismo. Mi cerebro es incapaz de razonar con claridad. Dígame por favor, ¿que puedo hacer?

- Tómese la medicación que le voy a recetar. Le vendrá bien, verá como se encontrará usted mejor.

- Y después doctor, ¿que ocurrirá? ¿Que pasará mañana?

- Usted haga lo que yo le digo y mañana estará mejor. Pero no se olvide de tomar la medicación. Le ayudará a no pensar. No debe usted pensar.

Hosmán Amin Torres