16 junio, 2010

Satori

Llevaba unos quince días en un extraño proceso mental. Ya casi tocaba el límite redondo del siguiente escalón del orden (la fórmula limpia que nos permite vernos como invulnerables) cuando me sucedió. Ella había ido a trabajar. Yo me quedé mirando por la ventana, absorto. Y de repente supe que era uno de los pocos hombres que quedábamos en la Tierra. Nos mantenían vivos artificialmente: en un laboratorio, atados a unas camillas, en fila. Y yo estaba comenzando a reaccionar. Me agitaba. Movía los párpados. Contraje la cara. Abrí los ojos de golpe. En torno a mí había tres médicos. El del centro era alto y llevaba una luz en la frente. A su derecha, había otro más pequeño; y a su izquierda, otro aun más pequeño, que luego pasó a la derecha del mediano. Entre los tres discutían sobre la conveniencia de eutanasiarme. Yo sólo pensaba: «Dejadme vivir».
Cuando volví de mi ensoñación (ya era de noche), pensé que aquellos médicos eran en realidad depredadores, pero esta idea pronto dejó de importarme. Ella iba a regresar. Y yo debía retirarle la comida al conejo. Salí de casa. Crucé el huerto. Y al abrir la jaula, empecé a comprender. Me toqué la frente. Llevaba el frontal encendido. Miré a mi derecha y vi a mi perro. Miré a mi izquierda y vi a mi gata, que enseguida pasó a la derecha. Nosotros tres éramos los depredadores. Y los ojos de mi conejo no me parecieron tan vacíos como de costumbre.