16 junio, 2010

La dureza de los minerales


Sólo quería que no me mintieras y que tu tiempo conmigo fuera absolutamente mío, nada más. A cambio te entregaba mi vida y mi cuerpo en los momentos que pudiésemos compartir. Mi entrega no tiene precio, por eso me enfadé cuando la valoraste en unos pendientes de diamantes. Me dijiste que eran una pequeña muestra de agradecimiento, que nada podía igualar nuestro amor, que sólo eran un recuerdo para cuando tú no estabas, para que no me olvidara de ti. Me convenciste al esgrimir la idea de que me los pusiera únicamente cuando estuviéramos juntos. Los pendientes se invistieron de un simbolismo que los tornó en algo valioso, mágico: su brillo era nuestra pasión, nuestra verdad. Tanto era así que al ver la cajita de raso donde los guardaba, me excitaba; ponérmelos era como si me desnudase para ti y, con ellos puestos, sentía las mismas sensaciones que cuando me besabas el cuello, mi piel se sensibilizaba y cualquier roce de mis manos me transportaba al cielo de tu boca. Tú y ellos. Un tándem perfecto.

La mentira es el mineral más duro del mundo, lo que convierte al diamante en el mejor detector de mentiras que existe. Parece increíble que no lo supieras. Si agitas la cajita de raso, oirás el tintineo de los diamantes rotos.


Texto: Anabel Consejo
Narración: La Voz Silenciosa