22 septiembre, 2010

La palabra



matices, es su diversidad una inmensidad de matices. Palabras que intentan comunicar sentimientos, palabras que proclaman lo que no sabemos pensar.
Silencios entre ellas, que entrecortan lo expresado, que permiten el aliento, que absorben la energía para seguir expresando.
Y confunden, confunden al que no las piensa, al que las usa sin juicio. Y maltratan, como filo de navaja, como punta de machete, masacrando al agredido.
Y mienten si las sobornas por conseguir el deseo, con el arte de la magia, escondiendo las verdades, engañando al que la escucha, sólo por seguir triunfando.
Alaban al artista que presume de exprimir su jugo, convirtiéndose en el genio del saber, en el ejemplo a seguir, olvidando que el sonido nunca permitirá revelar lo que su realidad esconde.
El que crea que la domina nunca se ha parado a pensar, la palabra son los tiempos que descansan en tu mente antes de resurgir, son las vueltas a las frases antes de que vean la luz, es callarte diez mil veces y no poder empezar a hablar. Es leerte y releerte. Escucharte en voz muy baja y seguidamente gritarte. Enfadarte por no encontrarlas, por perderse en tu memoria.
La palabra te rebusca tus miserias más profundas, te confunde, te desprecia, te enloquece y te enmaraña. Pero a la vez es un dios que seduce, que alimenta, que refugia y te apasiona.
Este veneno que aprendes cuando ni la razón lo permite, te corroe muy adentro mostrándote su importancia cuando te ha sometido, sin encontrar un recurso, un respiro ni un consuelo. No hay antídoto en la mente para lo que no tiene auxilio.