13 septiembre, 2010

No me olvides



la rutina toma a veces formas muy caprichosas, casi siempre se muestra encorvada sobre una barra y la mirada perdida en el fondo de un vaso; entonces tus aliados se convierten en mercenarios que oyen tus quejas sin llevarte la contraria, mientras te envenenan con tu consentimiento, como si practicaran la eutanasia todos los días. Y tú, como un imbécil, porque lo eres, te conviertes en el centro del mundo, desesperadamente desgraciado. Miope ante el infortunio ajeno, te miras ante el espejo, como intentando reconocerte, casi esperando que la imagen reflejada te dirija la palabra y responda a tus dudas existenciales. Deseas que la suerte cambie, pero no la esperas, y cuando surge en forma de mujer no te lo puedes creer. Es imposible, piensas, a medida que tu rostro se sincera y se transparenta, adoptando la imbecilidad como forma estética.

¿A quién no le ha pasado? Quiero decir: a mí me ha pasado. Surjo del inframundo hasta el Olimpo para convertirme en un dios, emborrachado por el vértigo que me sacude y me despierta en medio de una realidad que parece un sueño; es entonces cuando ella me mira, a la vez que, incrédulo, pretendo ignorarla, como si no la viera, como si fuera el único ciego de aquel bar, como si no hubiese escuchado el silencio que rasga el aire a su paso, como si mis pulmones no ardiesen al respirar su perfume o su taconeo no me perforase el alma. Siento su presencia, su larga y lisa cabellera, que cae por su espalda semidesnuda acariciando mis brazos; cómo el brillo besa la morenez de su piel, y transpiran gotas de sudor, como un oasis, refugio de mi sed desesperada. Cómplice de la mirada, escudriño sus formas, envueltas en la oscuridad del pub, describiendo movimientos sensuales al ritmo de la música. Sus manos me tocan suavemente y sin querer se posan en mi espalda una y otra vez, sujetándose sin dejar de moverse. Finalmente, me giro y la encuentro frente a mí. Sus ojos negros me fulminan y su sonrisa me hace prisionero sin condiciones. Y, sin decirle nada, comienzo a moverme, como un muñeco, frente a ella, Me muevo como un títere boquiabierto, mirando su esbelto escote que, a la deriva, se aproxima hacia mí, para anclar sus pezones sobre mi pecho, mientras me rodea con sus brazos por la cintura y me susurra al oído, con acento balcánico, “No me olvides” Su mirada descarada y una mueca en sus labios me despide, haciéndome naufragar en lo más profundo del océano. Abstraído en mis pensamientos, finalmente, soy rescatado por la voz del camarero “Cuarenta euros, por favor” Aún confundido y sin rechistar, busco la cartera en el bolsillo trasero del pantalón “¡Joder, la cartera!” Nunca la he podido olvidar.