23 septiembre, 2010

Septiembre



las nubes flotan como platillos volantes, tras ellas hay un cielo del color de las turquesas. En esta tarde de septiembre en la que está radiante el verde de los árboles y el naranja de los mangos, la brisa fresca se lleva el verano.
Mañana lloverá, y aunque lo diga a toda voz, al día siguiente cuando las gotas mojen suavemente los parabrisas de los coches, no lo recordaremos, el otoño estará rompiendo el sosiego, estará efervescente la pena por el tiempo desasido.
La ola cristalina se lleva el verano. El sol limpio resalta todo lo colorido antes de que venga el gris a teñir el mar. El niño observa como la arena se escurre entre sus dedos, percibe un adiós no porque sepa el mes que apunta, hay algo más: suena lenta la música del puesto de los helados; el aire gira invisible en una rueda como los anillos de Saturno en torno a un calendario imaginario subiendo por el mes de octubre hasta la cima del enero frío y bajando lejos ya por marzo hasta el fino mes de junio desde donde vuelven para retenerse en el agosto.
Las cigarras y demás insomnes siguen el ritmo sonoro de la noche. Sólo cuando despunte el alba se dejarán dormir, pero el otoño regresará ocupando los sueños y dando rienda suelta a la añoranza.


Texto: Dácil Martín