21 noviembre, 2010

Impulso inevitable


Aquel día era igual a muchos otros: terraza, sol de tarde, café, la mesa más íntima del lugar... Su cantarina voz, alegre, rebosante de melodía. Me encantaba su conversación. Llenaba un gran espacio vacío en mí. No recuerdo lo que dije aquella tarde que la hizo sonreir y por primera vez me fijé en sus labios que se abrieron para dejar escapar detrás de su hermosa sonrisa unos dientes blancos como las teclas de un piano. Siguió hablando después pero ya sólo escuchaba de fondo su música como formando parte de una película muda, de las de antes, donde importaba más el movimiento de su boca que el sonido de su voz. Sus dientes blancos se dejaban entrever curiosos apareciendo y desapareciendo rítmicamente tras sus labios. No pude evitarlo y acallé su voz con los míos, traspasando el lím! ite en un breve instante entre la amistad pasada y un futuro incierto consecuencia de mi impulso. De aquel momento queda el sabor, el tacto, el silencio breve pero intenso, el arrebato correspondido... Aún lo recuerdo. No fue el primero y no ha sido el último. Es el único que nunca he podido olvidar.

Texto: Miguel Ángel Brito