02 noviembre, 2010

La guardilla II


El agujero le permitía ver la vida de Ricardo a jirones, iba construyendo su cuerpo a trozos con visiones puntuales de las zonas exhibidas. Según la postura que adquiría su sueño le tocaba deleitarse con su espalda, con su hombro o con lo que más le atraía… terso y grande.
Ricardo dormía con la desnudez presente en todos sus poros.
Tenía el vello justo para ser varonil pero sin exceso, juventud la justa para resultar atractivo sin caer en la perversión de la prematuridad.
Patricia iba pintando la figura del inquilino de la planta baja meticulosamente, el lienzo ocupaba la pared más cercana al nudo de la madera y el tiempo le daba forma y vida a un cuerpo que ansiaba poseer en su plenitud.
Sólo quedaban los ojos y la boca, no había logrado verlos, ni siquiera podía intuirlos. Esa parte del rostro siempre quedaba oculta por su larga melena o por su brazo derecho. Su imaginación la desquiciaba, había ansiado arrancarle la tapadera de su cara con la ira desmesurada que le provocaba el deseo, no cumplido, de acabar su obra.
Su pelo y su brazo se convertían en lo más odiado y hastiado y su tez, en lo más ansiado y perseguido.
El cuadro sin rostro invadía toda la guardilla. Y la obsesión de Patricia por acabarlo irrumpía amartillando su existir.