04 noviembre, 2010

La guardilla III


Patricia sólo se dejaba ver por los decrépitos dueños del pequeño refugio. Le permitían residir por poco dinero, con la condición de ejercer de criada, al servicio de sus continuos antojos.
Había perdido la tersura de su piel, se descamaba con frecuencia y cuando volvía a emerger lo hacía con trozos gruesos de color violáceo que le desfiguraban lo que de niña había sido la perfección de una diosa. Cuando mudaba algún trozo se arrastraba silbilando* hasta el agujero del placer.
La guardilla era el mejor lugar para ocultarse, era el sitio perfecto para cubrir sus rarezas y maquillar sus extravagancias.
Ansiaba un beso, un olor diferente, una normalidad desconocida.
Ricardo se había convertido en la prolongación de su deseo, pero no podía mostrarse delante de él con el aspecto de un anfibio descamado.
Poseer una piel blanca y suave era la verdadera ambición. A veces se cubría con el lienzo inacabado de Ricardo y se envolvía en él con la pretensión de fundirse. La pesadilla de un cuerpo sin rostro sobresaltaba su realidad.
No importaba la dualidad de la masculinidad en un cuerpo de mujer, no tener sexo definido era una nimiedad frente a una amputación de rostro, idea que se iba transformando en enajenación.

*Silbilando: arrastrarse despacio con sabiduría (de forma sibilina) y emitiendo un sonido similar al silbido de una serpiente.