05 noviembre, 2010

La guardilla IV


El lienzo se convirtió en la piel de Patricia, no importaba poseer figura de hombre si ese hombre tenía la suavidad que emanaba Ricardo.
Con la insistencia de terminar de una vez su nuevo yo, las horas pasaban cazando imágenes que le descubrieran el rostro más ansiado.
Fue tanta la ambición que puso en atrapar las facciones de su presa que apareció en toda su plenitud.
Pincel en mano iba dándole forma a unos pómulos que desafiaban la gravedad, perfilándose firmes y elegantes. De color rosado, sin señales de impurezas que irrumpiera la tersura, destacados por la claridad de la luz que regalaba tan munífica imagen.
Mientras les daba forma con sus cinco sentidos, un fuerte picor recorría sus mejillas acaloradas por la fogosidad del momento.
Las cejas perfiladas, de color ceniza, con vetas de un intenso castaño que infringían personalidad latente, pelo a pelo las iba moldeando sin obviar ni un matiz.
A medida que el lienzo se introducía en el dominio de su mano, unos vellos rubios, de los que ni su conciencia aludía, se caían mezclándose con la gama de colores que avivaban las sombras del rostro de Ricardo.
Era tal la belleza de su reflejo que el momento se convirtió en lo único y real, nada más que él y ella, solamente un rostro. Estaba a punto de concluir su obra.
Con disimulo la nariz afloraba sin pedir permiso, con la sencillez de lo natural. A medida que en el lienzo emergía el contorno de la ventana de la vida, la respiración de Patricia se iba haciendo menos profusa, algo insignificante frente a la viveza que iba adquiriendo esa faz en su presencia.
El picor asomaba insistente en su cara pero, sus manos, ocupadas, no se distraían en aliviar los síntomas.
Un pétalo rojo dibujaba la flor más especial. Rojo intenso, carnoso, de sutil silueta, con el brillo mágico del jugo de su boca.
Al limpiar lo que pensaba ser una gota de sudor, la mano enfundada de colores se cubrió de un trozo escamado de sí misma. Qué importancia tenía perder algunos descosidos más, si pronto tendría la mayor de sus sonrisas.
Finalmente los huecos de los ojos tomaban la tonalidad multicolor de la profundidad verde de una mirada única.
Pestaña a pestaña, poro a poro, milímetro a milímetro construía la mirada más sublime jamás inventada, mientras la suya se desgastaba y chillaba como si quisiera escapar de sus órbitas lacerantes.
Tenía que aguantar sin cerrarlos hasta terminar con la última línea de expresión de su nueva cara. Hasta que un agujero negro cerró ante sí cualquier posibilidad de conexión con la realidad.
Intentó restregarse las inexistentes oquedades con unas manos insensibles, intentó buscarse su presencia sin encontrarla, intentó palpar lo tantas veces indeseado, que desapareció.
Su rostro se esfumó, sin pedir permiso, culpable por codiciar lo ajeno.

Dedicado a mi correctora que no sólo me ayuda a corregir sino que me cede sus ideas para que siga creciendo.