24 diciembre, 2010

El caballo de la Luna


Un cuento en Navidad

Marito inventaba historias sin parar, como la de la cueva de la sierra, donde lloraba un buitre gigante porque había crecido tanto que no podía regresar al nido, o como la de la flor naranja, que todas las primaveras nacía gigante para esconder a los jabalíes de las postas de los cazadores, o como la de la oveja linda, la de la lana arco iris por tanto mirar al sol mientras lloraba suplicando que no la esquilaran ese verano.
Marito inventaba tales historias que doña doña Luz, la maestra, le castigó a escribir cien veces “seré prudente y sólo contaré historias a quien las sepa entender”, pobre Marito, que tardó cien días en acabarlas porque a cada frase añadía versos desconocidos y decía que el salvador se los revelaba, y doña Luz, perpleja, pues creía, le preguntaba que quién era el salvador, y Marito callaba, y don Patricio, el alcalde, le rogaba que, por favor, cuéntame lo del salvador, pero Marito callaba porque esta vez la historia no era suya,.
Marito dejó entonces de contar historias y deambuló con la vista quién sabe si hacia el cielo o hacia las nubes, y  un día frío de diciembre regresó a su casa para despedirse de su madre, partió por el camino de Torre Los Negros y desapareció, y toda  la gente se puso a buscarlo, organizaron batidas alrededor del pueblo, y pasaron más de cuatro días sin noticias, pero nadie le encontró, apareció el quinto día, de madrugada, y entró en casa y su madre le regañó como buena madre, hijo, que son las cuatro de la mañana, y le abrazó llorando por dentro, y Marito preguntó por don Patricio y su madre le dijo que andaba buscándolo por la sierra, y Marito salió y lo encontró con su grupo de cinco, y le gritó, ¡don Patricio!, y el alcalde se volvió, se pellizcó y exclamó, ¡milagro, milagro, es un don de los dioses, ha aparecido!, y Marito, desde la altura, con el grupo arrodillado ante él, dijo a don Patricio que los milagros eran de Dios y que dejara de hacer el imbécil, que había llegado al pueblo hacía una hora y que quería hablar con él.
Marito y don Patricio entraron al horno viejo y Marito se sentó en los tablones altos y le habló del caballo blanco con que surcaba los cielos en Navidad derramando sueños felices hacia la tierra, y don Patricio no acertaba a escuchar o a insultar, y Marito continuaba, que el caballo blanco ha elegido este pueblo para culminar su tarea, y está buscando un mundo para regalarle todos sus dones, y ese mundo es Fuenferrada, don Patricio, ha elegido Fuenferrada, y yo estoy designado para atraer la voluntad de mis paisanos y llevarlos hasta él, es mi misión, don Patricio, ¿me ayudará usted?, porque usted es el alcalde, pero don Patricio no se decidía, y Marito le agarró por la muñeca y lo arrastró hasta las colinas de la sierra, y le dijo, don Patricio, mire a la Luna, mire a los labios de la Luna, y empezó a nevar, y don Patricio miró y vio al caballo blanco surcando las estrellas y la estela de colores que desprendía su vuelo y cómo los destellos de la estela, sueños felices, iban cayendo a la tierra yerma y se ajaban y entonces, en su más importante decisión política, apostó a ser alcalde para siempre.
Llegaron al pueblo y Marito se subió en la escalera del Ayuntamiento y con un gesto provocó un silencio feroz ,y el pueblo entero, los cuarenta, se prepararon para escuchar la nueva historia, y Marito habló de cómo siguió una llamada hacia una colina lejana, y miró a la cara de la Luna llena, y de sus labios nacía un caballo blanco, y el caballo se acercó, y le habló, pero el alcalde subió unos cuantos peldaños y lo interrumpió para comunicar al pueblo entero que no era un cuento, que todo era verdad, y la mayoría rió, la mayoría rió con soltura, a carcajadas, vamos, y más cuando don Patricio contó que había visto el caballo blanco, y entonces Marito retomó la palabra y se encendió, vibró describiendo la estela y los destellos de felicidad, y vibró argumentando el privilegio de ser el pueblo elegido, y tal era su tono de convencimiento que la risa cesó y sembró la duda en todos y el alcalde propuso ir a mirar la Luna y ver nacer al caballo blanco, y fueron todos a la colina, y Marito señaló los labios de la Luna y comenzó a nevar,  y vieron nacer al caballo blanco, y vieron caer destellos de la estela entre los copos, y vieron cómo iban a parar a la tierra yerma, pobre caballo blanco, sin corazones que recojan la felicidad, qué solitario estará en la Luna, qué grande es el cielo para un caballo solo.
Y por fin don Patricio tomó la palabra y habló de la agonía del pueblo, y de que todos buscaban un salvador para guiarnos a la abundancia, y qué más queríamos, que era Navidad, y esas cosas sólo pasan en Navidad, Marito lo ha encontrado, ¿acaso vamos a perderlo?, y en turno de réplica, una vecina dijo que lo que pasaba por la noche siempre era pecado, y ahí don Patricio, mirando a la agorera, argumentó que un caballo blanco tiene que venir de Dios, y que el pueblo no tenía otra salvación que no fuera divina, y el caballo blanco salió de la Luna en un vuelo fugaz y fabricó un carro enorme y descendió hasta la colina, y Marito ordenó que todo el pueblo subiera, y todos le obedecieron, y el carro surcó el aire dejando estela sin destellos, y el caballo blanco sonreía, y el pueblo se quedó abandonado para siempre, a la espera de algún verano o a la espera de que todo volviera a ser como antes de la penuria.

Texto: José Antonio Prades