31 diciembre, 2010

La otra Navidad



Lo conseguí a medias. Pero ya es un paso más hacia la liberación total. No puse el árbol ni los ángeles de papel maché ni las bolas de cristal ni las coronas de plástico con paquetitos de colores clavadas en la puerta. No coloqué bombillas en forma de guirnaldas ni compré turrón de chocolate crujiente ni bombones dorados en forma de pirámide. No hice brazo de gitano ni puse velas en la mesa. Cometí algún que otro desliz como colocar dos bolas de purpurina en las alas y los pies de un cupido de alabastro y encender ocho velas a los pies de mis vírgenes. Pero solo eso. Luego hice el caldo con media gallina, medio pollo y un buen trozo de carne de res con cinco dientes de ajo y un hueso de jamón. Puse un mantel limpio y saqué la vajilla de la abuela Sacramento. Más que nada por tristeza o melancolía o la suma de las dos. Lo demás fue como una noche de esas raras en que pierdes al novio o tu mejor amiga se va al cine sin ti a ver “Lo que el viento se llevó”. Algo parecido. No tuve fuerzas para seguir fingiendo y lo dije: “No me gustan las Navidades ni las cenas con champán ni los villancicos de fusión ni abrir paquetes con regalos absurdos”. Se hizo un raro silencio. Se miraron unos a otros y rompieron a aplaudir y a reír y a brindar por la abuela que ha perdido la cabeza y se disparata cada vez que bebe un poquito. Pensé que para nada seguir nombrando las cosas que ya no me seducen como tener que vestirme de fiesta, ponerme tacones, descabezar langostinos o brindar constantemente sin necesidad. Y recordé aquellas otras Navidades cuando aún no existía Papá Noel y la nieve caía sin parar y cubría los patios de la casa de Granada y poníamos la vaca y el buey pegaditos al pesebre y las tías hacían mazapán y turrón de yema y por la noche íbamos a la Misa del Gallo y luego me llevaban a besar los pies de un Niño Jesús cubierto con una camisita de hilo blanco con encajes y tan helado que se me partía el alma al verlo. Y luego volvíamos a casa cantando aquello de “Madre en la puerta hay un niño más hermoso que un sol bello” y yo saltaba sobre la nieve y los charcos y mi padre me daba la mano. No había regalos ese día. Solo el calor de aquella mano y el caldo especial de mi madre con tropezones de jamón, huevo duro y trocitos de carne. Como el que hice de nuevo esta noche sin ella.

Texto: Elsa López